Crónica Granada Sound: Mucho polvo, baile y grandes conciertos de rock

Y después de nueve meses de espera, llegó el momento. El 18 y 19 de septiembre se celebraba en Granada el Granada Sound (anteriormente conocido como Alhambra Sound), el cual celebraba su cuarto aniversario con artistas muy interesantes del panorama indie español.

Día 1: Demasiada energía derrochada pasa factura

Llegó el 18 de septiembre y tras el proceso por el que adquirimos las acreditaciones (hola, soy el único menor identificado del festival, me dan una pulsera especial y luego el guardia de seguridad no tiene ni idea de qué señalaba eso y se piensa que es falsa) empezamos yendo a ver a Holögrama. Se trata de un grupo que forma la tanda de últimos confirmados para un escenario de última hora que apareció salvaje en el recinto. Aguantamos una canción y media. Personalmente, el estilo con el que se presentaron eran muy interesante, mezcla de The War On Drugs con electrónica sobre capa y capa… Que si no controlas la ecualización, los acoples y demás, crea tal muro de sonido que abandona toda calificación de shoegaze para pasar a ser ruido.

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Ánimo el próximo año eligiendo al técnico de sonido

Así que, después de este primer contacto algo fallido, fuimos a coger sitio para Aurora, banda granadina de un indie rock electrónico bastante interesante, que recogieron en su setlist de casi 40 minutos su segundo álbum, Sílice, al completo. A continuación, ratito con Royal Mail que hizo saltar al público a base de bien y vuelta para coger sitio para la gran Zahara.

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Zahara: Tan pequeña y tan grande a la vez

Simplemente, abriendo con La Gracia El Deshielo, se ganó al público de una pasada, haciéndonos cantar a voz en grito y pegar saltos por la zona al ritmo que marcaba con su tambor. Se trató de un set dinámico pero con momentos más ligeros e introspectivos en los que se encaramaba a la guitarra acústica con canciones algo más tranquilas. Pero tres momentos clave fueron sus bailes a mitad de canción, la versión que hizo de You’re The One That I Want, de estribillo pausado y explosivo, y el cierre con Crash.

Luego vino hora y media de pausa para cenar y descansar algo, con Nacho Vegas en la lejanía, pero sin prestarle demasiada atención. Minutos después cogeríamos sitio para el segundo plato fuerte del día: Sidonie.

Se trata de una banda catalana de indie rock, del cual sólo había escuchado su último álbum, Sierra y Canadá, previo al festival. De este álbum sólo reconocí tres temas: Sierra y Canadá, Un Día de Mierda (con vuelta entre el público de Marc) y el increíble cierre de Estáis Aquí, tema que coreamos todo el público. Consiguieron conectar a la perfección con los presentes con temas muy animados en los que no bajaron las revoluciones, mucho cachondeo y unos bailes del todo sugerentes del vocalista del grupo.

Y ahora llega el primer error de la jornada. En lugar de descansar y guardar sitio mientras escuchábamos a L.A. que actuaba en el escenario de al lado, decidimos dar una vuelta. Problema 1: Cuando decidimos coger sitio para IZAL estábamos demasiado lejos. Problema 2: Era tal la presión de la gente alrededor nuestra que tocaron la primera canción, Copacabana, y optamos por irnos. Eso sí, pudimos ver a la perfección cómo volaban las botellas entre el público a ritmo del ukelele de Mikel Izal. Sin conocer demasiado bien su producción, reconocí En Aire y Hueso Magia y Efectos Especiales. Preguntaba el vocalista que, aunque habían sacado el disco ese mismo día, tocarían temas antiguos para que la gente pudiera cantar. Y claro que cantaron.

Para concluir la jornada número uno y en unas condiciones físicas de mi persona algo pésimas, estuvimos viendo el concierto de Mendetz. Y molaban mucho. Y me dio mucha pena tener que dejar el concierto a medias por no encontrarme bien. Pero melodías que se construían en directo, de clara influencia disco house que hacían bailar a todo el mundo y con las que conquistaron la pista de baile a las dos y media de la noche.

Conclusión: En un festival de dos días, no lo des todo la primera jornada, que no la acabas como un ser humano.

Día 2: Lo mejor estaba por llegar

Con la calma de la experiencia (de un día, pero bueno), llegamos con calma al festival. Tal vez con demasiada, ya que nos perdimos la primera media hora de Carlos pelazo Sadness, pero no impidió que pudiéramos disfrutar de Miss Honolulu, Hoy Es El Día, Bikini Qué Electricidad. Supo manejar la situación y conectar con un público que nos entregamos a sus melodías 100% bailables en todo momento.

Uno de los descubrimiento del festival fue, sin duda, Delafé y las Flores Azules. Siguiendo las ganas de uno de mis amigos de verles y la recomendación de una muchacha con la que estuve hablando minutos antes. Se trata de un rap de influencias electrónicas y sonidos ligeros, nada que ver con la rama más hip-hop que tan de moda está últimamente. “Lo dan todo en el escenario” fueron las palabras de esta amiga improvisada que me hice. Doy fe de ello, pues Óscar, el vocalista, de tanto baile se acabó haciendo una rotura fibrilar. Dejó el baile, pero fue capaz de acabar el concierto en muy buena forma.

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Óscar atendido en directo. Extraído de su Twitter

La Habitación Roja era un gran reclamo para el día de hoy. Con veinte años de carrera, poco tenían que demostrar en el escenario. Y tan poco, porque cero conexión con el público. La conversación justa para alguna explicación de algún tema y uno detrás de otro. Consiguieron mover al público a base de pildorazos y temas bastante conocidos, como Ayer Magnífica Desolación, pero si noté cierta falta de entrega para con el público.

Dorian me lo apunto para otra ocasión y nos dedicamos a escucharles (y cantar) en la distancia, porque estábamos reservando sitio para Supersubmarina. Casi que el motivo de acudir al festival. Fue tal la explosión de su sonido que al final de Ana, la segunda canción que interpretaban, se fue la luz del festival. Todos creíamos que era parte del espectáculo, hasta que Chino se abrió la camisa y en su pecho llevaba escrito “No hay corriente”. A los cinco minutos se solucionó el problema y siguieron con un setlist en el que recogieron lo mejor de su repertorio, desde temas más antiguos como Niebla XXI, a temas de su último álbum como Algo Que Sirva Como Luz, Arena y Sal Viento de Cara, cuyo final cantamos a capella. Finalmente, el cierre obligado con LN Granada con una apología a la belleza de mi ciudad y final con fuegos artificiales. Desde luego, un concierto que tuvo de todo, donde se mostraron naturales y nos supieron dar lo que nos gustaban.

Después de una hora guardando sitio, llegó el último plato fuerte: The Kooks. Claro, ¿qué puede hacer una banda británica indie en una ciudad como Granada? Pues cantar temas de sobra conocidos y otros con estribillos y ganchos fáciles de seguir. Así nos ganaron a base de “¡cantad conmigo!”, melodías funk como en Westside Down, momentos más íntimos como See You Now o la apertura con Around Town seguida de Ooh La y el cierre con la muy esperada Naive. Como curiosidad, el cantante contó que su abuela había venido con él, y mis amigos y yo (y bueno, todo el mundo que estuviera por mi zona), pudimos verla en un momento que se levantó a dar una vuelta por los laterales del escenario, sintiéndose orgullosa del nieto.

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El vocalista de The Kooks dejándonos sin palabras al piano

Y ahora, en retrospectiva, es el momento de señalar los errores del festival, que más o menos compensaron en otros aspectos:

  1. El escenario Red Bull. Puestos a improvisar escenarios de última hora, hacedlo con nombres que merezcan la pena para evitar que parezca un “bueno, es lo primero que hemos pillado”.
  2. El sonido del bajo en el escenario Inside. Había momentos que resultaba insoportable. Se notaba una mejor preparación el escenario Desperados, pero tal vez sea una percepción personal.
  3. El suelo donde estaba el público. Claro, en un suelo de tierra donde se celebra la feria de Granada, cuando metes a 20.000 personas a saltar, la nube de polvo que se levanta no es ni normal. Y las ganas de toser, tampoco.
  4. El control para entrar al recinto. A nivel de seguridad, no tengo queja. Guardias que cacheaban y hacían su función bastante bien. Ahora, que me venga el que echa un vistazo a las pulseras y no reconozca la de menores, es grave. Y tener que dar explicaciones sin tener por qué, más aún.
  5. Eso era un botellódromo gigante. Vale que en los festivales se vende alcohol, pero la basura que pudo llegar a acumularse no era ni normal. Tal vez sea una manía de los granadinos que vemos una explanada muy grande y tendemos a hacer botellón, pero no era normal. Y a la salida del festival, ver toda la calle llena de basura y de jóvenes bebiendo, tampoco. Y ver a la policía cerca sin hacer nada viendo a gente beber en un espacio público, tampoco.

Pequeños detalles que, aunque no afectaron del todo al buen ambiente del festival y al buen cartel que traía, sí sería necesario revisarlo de cara al 5º aniversario del evento; al cual espero poder acudir si todo va bien  y repetir una experiencia igual de divertida.

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