¿Por qué no me puedo descargar un libro sin parecer un ladrón pero sí un disco?

Que la cultura se basa en lo que adquirimos por descarga (no legal) es un hecho. Podríamos establecer las causas que motivan a ello, pero simplemente nos quedaremos con que la cultura es cara y en internet tienes “gratis” todo lo que no hubieses podido tener por lo que te hubiera costado. Asimismo, es una interesante ventana que nos permite conocer material de los lugares más recónditos. Material que, de otra forma, no hubiese llegado a nuestras manos o, de haberlo hecho, hubiese llegado muy tarde.

Sí, estoy defendiendo la red y las descargas. Principalmente, porque yo soy el principal consumidor y sería un hipócrita si no lo reconociera. Tengo GBs y GBs de material que he ido recopilando a lo largo del tiempo, desde lo más fácil de encontrar como un estreno a material “oculto” de artistas que me han supuesto navegar por páginas y páginas de internet para poder escucharlo.

Hasta aquí, nadie se ha llevado las manos a la cabeza. Al fin y al cabo, ha hablado uno de tantos que se descarga música. ¿Quién no? Lo que pasa es que la cultura no es sólo la música, y quería hablar de otro ámbito que ha sucumbido al mundo de las descargas pero consigue sobrevivir (más dignamente) a esta crisis: hablo de la literatura.

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Absolutamente todos hemos escuchado ese argumento en contra del libro electrónico que dice: “Es que a mí me gusta el tacto del libro, el olor de las páginas, el [insertar cualquier característica que se haya oído]”. La persona que oye este comentario lo comparte, le dice que hace muy bien en no sucumbir a las nuevas tecnologías.

Así que vemos las librerías siempre con afluencia y las secciones de libros de los grandes almacenes (El Corte Inglés y FNAC) con gente, y con ventas que con total seguridad se han visto mermadas en los últimos años, pero la crisis ni el peaje que hay que pagar para acceder a la cultura impide que la gente compre libros. De cualquier cosa. Y digo cualquiera.

Pero ese no es el caso. La cuestión es que, de alguna manera, tenemos la concepción de que comprar libros está bien. Si apareces en casa con un libro, te considerarán una persona culta y se sentirán orgullosos porque inviertas tu tiempo en la lectura. Ahora bien, si apareces en tu casa con un disco que te has comprado, de las primeras frases que podrás oír será “¿Para qué te lo compras si lo tienes por internet?”.

El problema es que el acceso a la música por internet es tan sencillo y gratuito que da vergüenza. Las ventas en música se han visto mermadas también por esa frase de “¿Para qué te lo compras si lo tienes por internet?”, y así vemos como cada vez quedan menos tiendas de discos, como las secciones de música en los grandes almacenes ven su espacio reducido y como los solitarios que deambulamos por esos lugares nos servimos de apoyo moral.

Porque en este caso, de nada sirve apelar por “Es que me gusta tener los discos en físico” porque lo único que haces es quedar como un friki. Yo siempre lo he dicho y no me canso: la gente no sabe lo que es abrir un disco y conocer los pensamientos del autor, letras y detalles del disco que aparecen en el libreto. Ventaja: como hay menos compradores, salimos más a repartir.

Volviendo a uno de los culpables de esto, internet, me encuentro con que Spotify planea introducir que los nuevos lanzamientos los puedan escuchar primero los usuarios premium y después el resto de mortales. El usuario musical ordinario pensará que esto es una barbaridad, que él también quiere escuchar el nuevo disco de Coldplay el día de su lanzamiento, pero yo comprendo la posición de los artistas.

Björk decidió no subir su nuevo álbum “Vulnicura” porque no entendía que algo en lo que había estado trabajando durante tanto tiempo y con tanto esfuerzo llegara gratis a la gente. También se preguntaba que si, al igual que con las películas, pasado un tiempo llegaban a televisión, no podía pasar lo mismo con la música.

Pero finalmente, cabría decir que esto es un problema de la concepción de la cultura en la mentalidad española. El para qué pagar por algo que tengo gratis en internet nos ha afectado mucho. El hecho de que compre discos no va a impedir que me los descargue o escuche en streaming. El hecho de que compre libros no va a impedir que me los descargue. Pero hagamos un ejercicio de comprensión por aquellos que compran música, y puestos a juzgar, juzguemos igual al que compra libros. O mejor, no juzguemos. En ambos casos, se invierte en cultura, y supongo que eso es lo que importa.

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