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Por qué Bon Iver me emociona otra vez en “22, A Million”

Era cerca de la una de la mañana de un sábado cuando volví a casa y decidí que ese era el momento de escuchar el disco, una semana después de haberse estrenado. Una semana en la que estuve indagando en su obra: en su etapa como Justin Vernon, en sus álbumes con Volcano Choir, sus escapadas con James Blake Kanye West o los experimentos bizarros con Jason Feathers Gayngs. 

Pero todos estos escarcios siempre se veían algo ensombrecidos por el momento clave de la carrera del músico.Pensaba en la cabaña al noroeste de Eau Claire donde entró Justin Vernon y salió Bon Iver con For Emma, Forever Ago“. El nacimiento del mito. La mezcla de soledad, folk y falsetes que marcó al mundo y al propio Vernon. A partir de entonces tuvo una pauta para seguir: hacer canciones que reflejasen sus inseguridades y sentimientos desde un punto de vista que ora abraza lo abstracto, ora te agarra de la camisa y te zarandea para que captes cada ápice del mensaje (oh, ‘Skinny Love’).

Ahora llega un nuevo hito: “22, A Million”. ¿Qué quedaba por hacer después de haberte asentado como genio y figura del alt-folk con ese debut y el posterior “Bon Iver Bon Iver”? Ni él mismo lo sabía. Y se notan los ataques de ansiedad que sufrió por ello. Este es un álbum que, aunque a nivel melódico sea explosivo, vanguardista e innovador con la introducción de una vena más electrónica bajo la que subyacen capas discretas de folk, si miramos a las letras, aún vemos al hombre que hace años se planteaba qué era el amor y se metió en una cabaña a hacer canciones como si de una prescripción médica se tratara. ¿La única diferencia? La madurez y un cambio de perspectiva que hace que, además de mirar al pasado y hable sobre él, mire al futuro y al devenir. Canta a la soledad futura, no a la presente o a la pasada. Canta desgarrado, canta con vocoder, canta con melodías en ocasiones ininteligibles por la superposición vocal, pero lo importante es lo que subyace: un mensaje de sinceridad y profunda reflexión sobre la dualidad del ser humano.

Es, una vez más, la expulsión de los demonios de Vernon, la apertura en canal de un artista, el dejarte entrar en él a veces con melodías complicadas y recargadas y a veces bastándole un vocoder al más puro estilo Imogen Heap. Es la soledad en la inmensidad. Es el uno entre un millón. Es el motivo por el que me emociona este álbum: serlo todo y a la vez nada. Pero para un análisis mucho más exhaustivo, aquí la crítica que hice hace una semana para El Quinto Beatle.

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Bon Iver – “22 A Million” (2016, Jagjaguwar)

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